A veces te escribo

Diez.

 Echo de menos cada detalle de lo que teníamos. Echo de menos cada momento, cada palabra. Echo de menos todo lo que significabas, todo lo que eras. Te echo de menos a ti. Tú eras aire fresco, alegría, comprensión. Eras conexión, electricidad, explosión. Eras esperanza, futuro, ganas. Eras mi debilidad, mi secreto, mi motor. Eras cada risa que hemos compartido, el calor de cada abrazo, la libertad de cada beso, la plenitud de cada clímax. Eras todas y cada una de las veces en las que tu sonrisa me parecía el mayor de los regalos. Eras lo que le daba sentido a cada verso de las mil y una canciones de amor que se han escrito. Eras mi suerte cada vez que podía mirarte cuando no te dabas cuenta, cuando hablabas de algo que realmente te gustaba, y te brillaban los ojos, y te ponías nerviosa mientras intentabas enseñarme todo acerca de ello, y yo intentaba retener todos los detalles de la pequeña parte de tu universo que me estabas mostrando. Eras mis buenas noches y mis mejores días. Eras todo aquello que siempre quise conservar. Eras la sensación de haber encontrado la pieza que encajaba conmigo, el lugar al que pertenecía, el sitio en el que siempre tuve que estar. Eras mi guerra y mi paz. Eras todas nuestras locuras, todas esas veces en las que nos lanzamos sin pensar, en las que jugamos, en las que hicimos el idiota, en las que fuimos solo tú y yo. Eras cada conversación eterna que teníamos sobre el colchón. Eras la magia de cuando nos uníamos. Eras la sensación de sentirme completa al tenerte entre mis brazos después. Eras cada vez que me despertaba a tu lado, abrazándote, y sentía que el destino se había portado demasiado bien conmigo. Eras todas las veces en las que quise abrazarte y no pude; eras todos esos kilómetros que me lo impedían. Eras cada caricia, cada lágrima, cada suspiro. Eras el sonido del mar y las olas. Eras ese don que tenía tu voz para calmarme. Eras la seguridad que me llenaba al enterrar la cara en tu cuello cuando en ningún sitio me sentía a salvo. Eras mi luz, mi sombra, mi yin, mi yan. Eras lo bueno y lo malo. Eras mi mundo, mi razón. Eras cada manía absurda, cada vez que te partía la bola de un cigarro, cada vez que repetíamos "mucho" al decirnos que nos queríamos, cada vez que le cambiábamos el género a un insulto solo para decírnoslo con amor. Eras cada parque, cada museo, cada bar, cada comida, cada cena, cada ciudad. Eras cada calle que nos ha visto besarnos, cada mirada en la que nos gritábamos que nos queríamos cuando no podíamos decirlo en voz alta. Eras cada rincón escondido, la suavidad de tus manos, las cosquillas de tu pelo. Eras los nervios la primera vez que te vi. Eras la conexión cuando nuestras miradas se encontraron. Eras cada mensaje, cada pausa, cada reinicio, cada palabra. Eras la emoción de un segundo encuentro, eras la frustración cuando no sabía cómo alargarlo. Eras cada vez que me callé porque pensaba que sería un imposible. Eras cada vez que necesité que me dijeran que no era un sueño. Eras el pellizco en mi estómago cuando volvimos a vernos. Eras cada una de las veces que busqué contacto aquella tarde. Eras el primer roce de nuestros labios. Eras la felicidad al pensar que podría conservarte. Eras el orgullo de verte conmigo en un momento importante, y de pensar que yo lo estaría en los tuyos. Eras la incredulidad de pensar que tu sonrisa era mía. Eras aquella noche bajo el cielo donde nos amamos, y donde por primera vez, el sentimiento salío de nuestros labios. Eras cada vez que he sentido que cada parte de mí tenía una parte de ti.  Eras este sentimiento de no saber cómo arrancarte de mí misma, de estar rota y no querer desprenderme de los pedazos. Eras esta certeza de saber que existo sin ti, pero que no me siento viva. Eras todo lo que tomaste y no devolviste de mi; ni tampoco quiero que lo hagas. Eras la marca invisible que tus dedos dejaron sobre mi piel para siempre. Eras todas las veces que has llegado donde nadie más pudo. Eras todo, y eras nada. Eras algo que jamás podría explicar. Eras tú.

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